En aquel momento apareció en la plazuela don Miguel con su hermana, su sobrina y un señor que ya por la tarde estuvo acompañándoles y gastó inusitado palique con Mariflor Salvadores.

Acercáronse los recién venidos al grupo que formaba el auditorio, y el forastero halló manera de llegarse a Florinda, en tanto que el cura explicaba a Ramona algún asunto muy difícil, a juzgar por lo que ella dilataba los ojos con un gesto anhelante de comprender: miró por fin a su sobrina arrobada en silenciosa conversación con el caballero, y alzó los hombros con brusca señal de indiferencia. Pero su mirada, fija con dura obstinación en el escenario, ya no vió imágenes distintas ni participó nuevas impresiones al atormentado pensamiento: toda la inteligencia de la pobre mujer quedó colmada, inflexible y obtusa bajo las frases breves del sacerdote.

El joven Manfredo pedía, con muchas reverencias, un aplauso al «respetable público», después de complicada serie de habilidades. Y aquella gente, que no sabía aplaudir, mostróse torpe y seria delante del ceremonioso malabarista.

No parecía muy buena la ocasión para alargar la bandeja peticionaria, y las mujeres se quedaron atónitas ante aquel movimiento repentino del director de escena.

Todas las manos se encogieron vacías, y el estupor general daba a entender cuán sincera existía allí la convicción de que los histriones fuesen unas criaturas sin hambre y sin cansancio, ni otra misión en el mundo que la de rodar en una preñada carreta divirtiendo a las gentes.

—Señores: ¡somos unos pobres artistas!—clamó el director con su acento italiano y su cara triste.

Una ráfaga de sorpresa agitó débilmente los inanimados sentimientos del concurso; pero los rostros continuaron impasibles enfrente del ajeno dolor.

Rogelio Terán contemplaba asombrado la escena, quizá sin suponer que en ninguno de aquellos bolsillos hubiese un solo cobre.

La limosna del párroco y la del forastero vibraron únicas, con sonoro repique en la exhausta bandeja.

Al brillo de la plata, una calurosa actividad reanimó a los artistas. Pidió el galancete su sombrero al tío Chosco, el enterrador, que no sin vacilaciones alargó la miserable prenda, raída y parda, de alas abiertas, ceñido el casco por un cordón de colgantes borlas.