El viejo lucía inmóvil su garnacha venerable, remedo de la gentil melena de los godos. Y el malabarista sacaba duros, a granel, del maragato sombrero; hacía sonar con deleite las monedas, y tenía al público sugestionado con este inverosímil rumor del vil metal.

Sin que decayese el raro interés que tan peregrino juego despertaba, anunciaron a toque de corneta la aparición de la Musa errante, y el propio joven Manfredo, sin un solo duro ya en sus manos, adelantóse con mucha gallardía sobre la alfombra, presentando a la dama.

Era ésta menuda, frágil y bella; parecía una niña vestida de señora.

Llevaba flotante la cabellera oscura, el vestido de luto, escotado y aparatoso, con relumbrones de lentejuelas y sobrepuestos de livianos tules. Había en su rostro infantil, quebranto y languidez; los ojos, despiertos y tristes, pedían clemencia en mudo lenguaje; los bracitos desnudos, agitados en la patética oratoria, se abrían como en demanda de un abrazo, con la desolada expresión de quien siente una infinita necesidad de reposo y de auxilio.

Avanzó enlutada entre los humeantes hachones, con aire visionario y fúnebre, y comenzó a decir:

Yo soy una mujer: nací pequeña,

y por dote me dieron
la dulcísima carga dolorosa
de un corazón inmenso.
En este corazón, todo llanuras
y bosques y desiertos,
ha nacido un amor, grande, muy grande,
colosal, gigantesco;
amor que se desborda de la tierra
y que invade los cielos...
Ando la vida muerta de cansancio,
inclinándome al peso
de este afán, al que busca mi esperanza
un horizonte nuevo,
un lugar apacible en que repose
y se derrame luego
con la palabra audaz y victoriosa
dueña de mi secreto.
Yo necesito un mundo que no existe,
el mundo que yo sueño,
donde la voz de mis canciones halle
espacios y silencios;
un mundo que me asile y que me escuche:
¡le busco, y no le encuentro!...

Vibró la última estrofa como un gemido y rodó sobre la calma de la noche con tan anchurosa profundidad, que la errante querella pudo sentirse peregrina de un mundo nuevo, del mundo silente y espacioso anhelado por aquel inquieto y henchido corazón.

Florinda y el poeta se miraron a los ojos con profunda zozobra, impresionados por la avidez y la inquietud del amoroso romance. Y a las impasibles aldeanas les pareció sentir en algún punto remoto de su ruda naturaleza un extraño roce como de brisas o de alas, una desconocida sensación de impaciencias y ansiedades.

Aquel sordo torbellino sentimental fué a batir en el pecho de Marinela con el ímpetu de una marejada tempestuosa.