Desde el medio día se agitó la zagala en brusco sobresalto hasta la hora en que vió al forastero junto a Mariflor hablándola con los labios y con los ojos un divino lenguaje que la niña tradujo con intuición milagrosa.

Y esta noche, sacudida por contradictorios sentimientos, perturbada por singulares impulsos, advirtió de pronto que latía desnudo su corazón al viento de las estrofas errabundas, como un árbol a quien arrebata su follaje repentino huracán.

La voz ardiente de la farandulera desceñía con arrebato vertiginoso la vestidura de sombras y de ignorancias sobre los exaltados pensamientos de la joven, y ella veía a la intemperie todo el fermento amargo de sus desvaríos, todo el caos de sus bellas locuras; pensó que los demás contemplaban con asombro aquella terrible desnudez espiritual, motivo de su espanto, y cubrióse con el pañuelo la cara roja de vergüenza. ¡Estaba herida del incurable mal de amores que el romance clamaba! ¡Tenía, como la errante musa, un anhelo infinito sangrando penas en el inmenso corazón!...

Y esta misma certidumbre entraba en el ánimo de la moza con nublada conciencia, como al través de un sueño. Quizá la niña triste iba a sacudir tamaña pesadilla despertando a su estado interior de oscuridad, donde ardía como lámpara celeste la vocación religiosa, vacilante y confusa entre nieblas que servían de pudoroso vestido al inexplorado sentimiento...

La figuranta se adelantó en el escenario otra vez. Hablaron con ella el director y el galán, animándola sin duda a combatir la indiferencia del público con un nuevo recitado. Y la dama, obediente y humilde, volvió a extender los trémulos bracitos y a querellarse rostro a las nubes, con desgarradora expresión de impotencia:

¡Todo está dicho ya!... ¡Qué tarde llego!...

Por los hondos caminos de la vida
pasaron vagabundos los poetas
rodando sus cantigas:
cantaron los amores, los olvidos,
anhelos y perfidias,
perdones y venganzas,
zozobras y alegrías.

Siglos y siglos, por el ancho mundo

la canción peregrina
sube a los montes, baja a los collados,
en los bosques suspira;
cruza mares y ríos, llora y muge
en vientos y celliscas;
se queja en el jardín abandonado,
en las flores marchitas,
en las cosas humildes, en las tumbas,
en las almas sombrías.

Todo el mundo es querella, todo es himno,