todo el mundo es sollozo y poesía...
Y yo vengo detrás de ese torrente
que al universo encinta,
con una canción nueva entre los labios
sin poder balbucirla:
porque ya no hay palabras, no hay imágenes
ni estrofas ni armonías,
que no rueden al valle penumbroso
y suban a las cimas,
y salven los abismos,
colmando las medidas
de las voces humanas
y los sagrados sones de las liras...
¡En este mundo lleno de canciones
ya no cabe la mía!
Loca y muda la llevo entre los labios
sin poder balbucirla...

Bajo las floridas alas de su pañuelo, Marinela rompió a llorar con un murmullo devaneante de palabras, como si también en sus labios feneciese una canción muda y loca, de acentos imposibles.

—¿Qué tienes, criatura?—le preguntó asombrada la sobrina de don Miguel.

Se produjo un movimiento de alarma en torno a la llorosa, y su madre la sacudió por un brazo, ríspida y violenta.

—¡El tríbulo de siempre!—murmuró.

Acercóse Olalla muy descolorida, cuando el cura, como si conociera el origen del súbito desconsuelo y lo creyese justo y necesario, ordenó que dejasen a la moza llorar.

El poeta y Mariflor miraron al sacerdote comprendiéndole, mientras los demás vecinos murmuraban que era aquel llanto un síntoma de «manquera» incurable.

La Musa extendía el plato petitorio con el aire indiferente de costumbre, quizá un poco movido aquella noche por el aspecto singular del público, por su grave y silenciosa expectación.

De cerca parecía más mujer y más triste la danzante: se agrandó su estatura, y las líneas de su rostro aparecieron más cansadas y fuertes.

Posó en torno suyo una mirada ancha y escrutadora, y para tender el plato al alcance del cura y de Terán, se mezcló en aquel grupo extraño donde hasta los niños hablaban en voz chita.