Entonces, sorprendiendo los ahogados sollozos de Marinela, preguntó asombrada:
—¿Por qué llora?
Su acento dulce y caliente hizo temblar a la afligida, que descubrió el semblante y acarició con el húmedo cuarzo de sus ojos la figura de la otra mujer.
Como nadie respondiese, la comedianta, agitando el velo oscuro de su cabellera, volvió a decir:
—¿Por qué llora?
—Porque le ha conmovido tu declamación—dijo al cabo Terán.
Puso en la bandeja otra dádiva y averiguó sonriendo:
—¿De dónde eres?
—No lo sé... De cualquier parte... De un camino—repuso la andariega.
—¿Cómo te llamas?