—Musa.
—Será remote—pronunció una voz tímida.
—¿Y dónde aprendiste esos romances tan inquietos?—añadió el joven.
La enlutada sacudió su melena con un gesto peculiar, alzó los hombros y contestó en frase ambigua:
—Por ahí...
Su brazo desnudo parecía extenderse con altivo desdén hacia todos los horizontes universales.
—¿Quieres darme una copia de los versos?—le decía Terán curioso.
—Papá los tiene.
Papá, que era el director, se había aproximado. Buscó diligente en sus bolsillos unas hojas escritas a máquina, y luego de escogerlas, alargólas murmurando:
—No son éstas las únicas que «hemos vendido», caballero.