El poeta comprendía y pagaba mientras desfiló el público en silencio, y don Miguel, sin intimidarse por el escote exagerado, le decía a la recitadora algunas palabras serenas y apacibles.

Marinela, que había cesado de llorar, apoyábase en el brazo de Ascensión, cada vez más vergonzosa, débil, con inexplicable laxitud de los miembros y del espíritu, como en la crisis de una enfermedad repentina. Seguía obsesionándola el espanto de ver al aire su corazón enfermo de ambiciones y de quimeras, dolido de ternuras insensatas, preñado de un cantar indecible.

Ramona miraba de reojo a su hija pensando confusamente por dónde habría venido sobre ella la agravación de sus habituales pesadumbres; y miraba, sobre todo al galán acompañante de Mariflor, sin ver, entre las brumas del espíritu, las razones que tendría el párroco para decir que aquel hombre era un buen caballero inspirado en los mejores propósitos hacia la niña, y a quien era preciso tratar con mucha discreción. En la oscura cárcel de su inteligencia el instinto le hacía temer a Ramona una amenaza en el forastero.

Ya los cómicos apagaron los hachones y recogieron la alfombra, buscando el refugio de su casa ambulante, apenas visible en el abandono de la plaza al resplandor mortecino de dos luces.

Habían retirado en un periquete los bancos y cajones donde se aposentó una parte del público, y quedaba otra vez la cruz sola y vigilante en la anchura silenciosa del lugar, abriendo los brazos con infinita indulgencia, precisamente hacia el rincón donde iban a dormir los pobres aventureros.

Divididos en grupos, los curiosos tornaban a sus hogares con la extrañeza de haberlos abandonado, con el asombro de vagar a tales horas por las calzadas adormecidas en la noche.

La presencia de don Miguel les obligó a rechazar suposiciones de brujería en el raro festejo nocturno, y un alucinamiento de milagro oprimió sienes y corazones ante la sorpresa de cuantas habilidades había lucido la farándula, aparecida como un prodigio en aquel olvidado rincón de la llanura.

Iba Olalla tirando de sus hermanitos, que volvían los ojos borrachos de sueño hacia donde se quedaban los farsantes, y la familia de don Miguel acompañaba a la de Salvadores, siempre inclinado con ansia el forastero sobre la belleza de Mariflor.

Se había roto el pálido celaje mostrando un fondo azul florecido de estrellas, y la luna, redonda y ardiente, subía en triunfo por el firmamento escoltada por tusones livianos de nubes.