Al oir de labios de don Miguel tales revelaciones, sintió Rogelio una agudísima piedad, y en un arranque de ternura y gratitud, determinó acelerar sus propósitos, casarse con la dulce niña y arrebatarla para siempre a las tristezas y servidumbres del páramo.

Junto a la noble figura del sacerdote, en aquel ambiente de austeridad y sacrificio, desbordáronse las compasiones del caballero: vió a la hermosa doncella condenada a yacer en una vida tan contraria a su educación y natural finura; admiróla doblemente con instintos de artista y misericordia de enamorado; encareció sus excelencias y virtudes, elevándolas a lo sumo de la imaginación, y prometióse con hidalguía quijotesca «no comer pan a manteles» hasta librar a su dama de tan penoso cautiverio y hacerla feliz, muy feliz...

Mas, una vez a solas, pasó por la mente del hidalgo cierta ráfaga de inquietud. Rogelio no era rico: después de una infancia triste, de una adolescencia cruel, combatida por muchas pesadumbres, su arte y su pluma, unidos en esfuerzo quizá no muy constante, pero firme y bien orientado, comenzaban a subir la dura cuesta de la fama; pero aún no podía como «el otro» redimir la hacienda de Valdecruces, ni siquiera ofrecer a su amada más que un porvenir inseguro. Unirse con Mariflor, ¿sería, pues, hacerla feliz?

Miraba Rogelio la vida a lo poeta, desde las cumbres, sin pensar en las humildes realidades hasta que por su mal tropezaba con ellas. Al decidir la boda no hallaba para su vida otro refugio que una silenciosa casita en Villanoble, donde murió su madre, la solitaria mansión estremecida siempre por las voces del mar. Bello rincón sin duda para esconder un idilio, para aguardar prósperos tiempos en brazos del amor. Pero quizá esos tiempos no llegasen nunca; tal vez un día tuviera el marido que salir del hogar, como antaño su padre, víctima también de amor y de pobreza, el cual se fué para siempre, aunque tras sí dejaba una mujer y un niño...

Al abismarse en las incertidumbres de lo venidero, revivía el mozo las memorias de su infancia, junto a aquella madre siempre meditabunda, siempre inquieta, vigilando día y noche los caminos por donde el ausente pudiera tornar. Recordaba con obsesión de pesadilla los ojos desmesurados de la infeliz cuando en el horizonte marino aparecía un buque con rumbo a Santander, la desolación infinita del materno rostro en constante solicitud sobre los barcos y las olas. Cuando las lágrimas y el tiempo empañaron la luz de aquellas pupilas dulces y pacientes, la mujer perseguía al niño para señalar, entre la bruma, el humo ilusorio de una embarcación, y preguntar ansiosa, como la conocida «hermana» en el cuento popular de Barba Azul:

Rogelio, hijo mío, ¿qué ves?...

Temblaba el poeta ahora, repitiendo con el corazón oprimido por inexplicables ternuras, su réplica tantas veces balbucida:

No veo más que las aguas y las nubes... ¡El no quisiera, por nada del mundo, ser la causa de que en bocas inocentes hallasen ecos aquella pregunta y aquella contestación, cifra de tremendo martirio, renovado al través de toda una vida!

Era Terán superticioso, creía en los pecados por atavismo. Más de una vez, pensando en la inconstancia de su padre y en sus propias flaquezas, huyó de tener novia, prediciendo:

—Voy a causar su desventura.