Y a menudo, cuando le enardecían nuevos amores, se observaba con espanto como si en el fondo de su corazón temiese descubrir el gérmen de alguna fatalidad hereditaria. Estos mismos terrores le persiguieron al arribar a Valdecruces, aunque nacía la afición de ahora con tales ímpetus y ternuras, que llegó a juzgarla definitiva y libre de toda infidelidad.

Acalló, pues, al fin, sus sobresaltos e incertidumbres; afirmóse en la idea de la boda, y así se lo dijo a Mariflor. Pero la niña, preocupada, irresoluta, confesóle, tras violentos sonrojos, que no podía casarse sin aliviar a su gente de los graves apuros en que se estaba hundiendo: lo había prometido, lo había jurado... era un caso de conciencia y de honor. Con tan sublime sinceridad, con tales aspiraciones generosas resplandecía el propósito de Florinda, que el caballero enmudeció reverente.

No aludió ella, ni de lejos, a su primo; antes bien, con singular delicadeza limitóse a expresar la candorosa confianza que tenía de intervenir favorablemente en las desventuras familiares.

—Yo estoy resuelta—dijo—a remediarlas. Es un deber que me impuse.

—¿Aun a costa de la íntima felicidad?—preguntó Rogelio atónito.

—A costa de ella, no... pero antes de realizarla, sí... ¡lo he jurado! Yo no puedo pensar en mi propia felicidad sin resolver la situación de esta casa. ¿Cómo? No lo sé... En Dios confío. Entretanto, debo olvidarme de mí misma.

Dijo la moza con rotunda firmeza; mas la sorda rebeldía de sus sentimientos hablaban con tal elocuencia en la penumbra de los ojos, que el poeta sonrió seguro de la pasión con que era amado.

Y al referir más tarde al cura esta entrevista, difundióse una grata sorpresa por el rostro franco y abierto de don Miguel. Quiso Terán entonces, un poco desconfiado, calar los ocultos pensamientos de su amigo: asociaba su presente actitud con la singular resistencia de Mariflor, adivinando en torno suyo algo más de aquello que ya sabía... Pero nada pudo inquirir, porque el sacerdote se embozó de pronto en la reserva peculiar de aquel país, todo calma, recato y misterio...

Suponía don Miguel tan interesada a Mariflor por el poeta, conocíala tan amorosa y vehemente, que esperaba verla transigir al primer reclamo de la pasión, escondiendo en olvidados plieguecillos de la conciencia su afán de caridades. Mas cuando supo que la moza había puesto, incauta y valiente, condiciones a la propia ventura en beneficio de la ajena, una conmovedora admiración le dispuso a proteger tales propósitos, reveladores de heroicas energías y quizás de providenciales designios.

Así que, poco después, cuando Mariflor fué a casa del párroco en busca de refugio y de consuelo, animóla con grande ternura.