—Sí: yo estoy dispuesta a esperar—dijo la niña—, a esperar el milagro... Pero ¡si viera usted lo que sufro!... Cada día que pasa cae sobre mi corazón con horrible pesadumbre... Tiemblo por la suerte de todos mis amores... ¿Hago mal, acaso, queriendo ser feliz?
—No, hija mía. Yo también quiero que lo seas. Pero hay que tener presente...
—¡Qué! ¿Ya no confía usted en Rogelio?
—¡No confío en la felicidad!—exclamó el sacerdote, recordando a la madre del poeta—. Además—añadió—, si tú quieres favorecer a los tuyos...
—Sí: espero el milagro.
—Rogelio lo realizaría demasiado tarde... nunca tal vez... La situación es crítica... Tu primo Antonio...
—¡Yo no me caso con mi primo!—protestó impaciente la muchacha.
Y como el sacerdote enmudeciera, ella se cubrió el rostro con las manos.
—¡Ya no me anima usted!—gimió—, ¡ya me abandona!
Sin dejarse llevar de toda su compasión, quiso el cura alentarla: