—No te abandono, mujer. Te animo a ser valiente, a ver claro, a elegir el camino más corto para llegar al cielo, a desconfiar de la dicha que buscas en la tierra. ¡Pobre criatura! Debo prevenirte ¡a ti que sueñas demasiado!
—Pues soñar, ¿no es vivir... con el espíritu?
—Sí: cuando no se abandonan los deberes de la implacable realidad... En fin, no te apures; yo llamaré a tu primo. Mediremos su voluntad, sus intenciones...
—Pero diciéndole que no me caso con él—repetía la moza.
—Yo no intento, hija mía, que tú te sacrifiques. Haz lo que quieras... Dispuesto está Rogelio a casarse contigo... ¡Piénsalo bien!
—He jurado ayudar antes de nada a mi familia...
—Yo te libro de ese juramento.
—¡Es que me da mucha lástima de todos!—dijo Mariflor en un arranque de ardorosa piedad. No soy egoísta. Quisiera tener mucho dinero para darlo a manos llenas a mis parientes, a los extraños, a todos los que sufren, a todos los que viven muriéndose de pobreza... Pero casarme con «ese hombre» sólo porque es rico... un hombre a quien no conozco, a quien no quiero... Mire usted, señor cura: ¡si él tampoco me conoce; si él tampoco puede quererme! ¿Por qué ha de casarse con una pobrecilla como yo? En cambio tiene el deber de amparar a la abuela, que es de su sangre, que es su abuela también... Hablándole al corazón, por fuerza ha de compadecerse de ella lo mismo que nosotros... ¿No es verdad?... ¡Sí: llámele usted; llámele en seguida! Yo le diré todo esto... Cuando me escuche, cuando nos mire, si es cristiano, si nos tiene ley, nos dará su apoyo, salvará nuestra hacienda... Y no será preciso que yo venda mi corazón por un puñado de dinero...
A los oídos del sacerdote, acostumbrado a lamentos de cada criatura, no eran frecuentes palabras como éstas: allí cada mujer llevaba estoica y firme su cruz en la marea siempre viva de los infortunios, sin tiempo ni bríos para compadecer los ajenos dolores. Cada vez más prendado del alma de Mariflor, embriagábase el apóstol con las brisas consoladoras que esta niña llevaba desde la tierra que vive hasta la tierra que muere, como un soplo de sutiles piedades cultivadas en medio de la civilización para infundir sus simientes en el páramo.