—¿Por qué no me hablaste con esta franqueza desde el primer día?

—Porque vuestro idilio me perturbó un poco... porque no juzgué tan firme la perseverancia de Mariflor.

—¿Y ahora?

—Veo más claro: sacudo la romántica influencia de vuestras confesiones; miro la realidad de las cosas... No tenemos derecho, ni tú por egoísmo, ni yo por sensiblería, a impedir la obra de compasión que ella se propone realizar... Creo, en fin, que debes retirarte en tanto Mariflor pacta con su primo.

—Pero, ¿ha sonado la hora?

—Está al caer. A instancias mías, Antonio adelanta su viaje: llegará esta semana, cuando menos se piense.

—Y mi marcha en este caso, ¿no parecerá una cobardía?... Te equivocas si piensas que me retiene aquí el egoísmo, cuando me asalta la más viva piedad.

—¿De una sola y linda mujer?

—¡Ojalá pudiera yo redimir a otras!

—¿Y si pudiera Antonio?