El pretendiente, amoscado, casi ofendido, respondió con ironía:
—Consintiendo el esposo que la esposa le hable de usted, le sirva y le acate como a un dios, y reviente en el páramo mientras él se regodea en la ciudad, ¿así quieres que yo suponga grandes hazañas de un maragato para su familia?... Aquí tiene «tu protegido» a su gente pudriéndose de miseria, y no la socorre...
—El móvil del amor puede inducirle...
—¡Qué amor ni qué ocho cuartos, hombre! Vosotros hacéis las bodas con un poco de rutina y otro poco de interés...—Detúvose temiendo ofender a su huésped, templando la vehemencia de la voz para añadir:—Eso me has dicho tú...
—Y es la verdad—repuso don Miguel sin alterarse—. Pero quizá en otros pueblos más adelantados y felices no se hacen las bodas de más digna manera: ingredientes distintos, colores más brillantes, disimulo y finura para dorar la píldora... Al fin y al cabo, matrimonios sin amor.
—No siempre.
—Muy a menudo.
—Siquiera esos matrimonios no llevarán consigo la injusticia irritante de causar una víctima sola.
—Muchas veces, sí: ¡la mujer!
Alzóse Terán de la silla, nervioso, confundido con el recuerdo de su madre, que de pronto le pesaba como una losa. También el sacerdote dejó su escabel; tiró la punta del cigarro y comenzó a decir con la voz persuasiva y amable: