—Mira, Rogelio, amigo mío: el amor, ese sentimiento exaltado, ambicioso, inmortal que nos sacude y nos enciende, esa divina escala que nos conduce a Dios desde la tierra, sólo por singular prodigio tiene un peldaño donde puedan abrazarse para ascender unidas dos criaturas...

—Bien; y ese peldaño...

—No se consigue por la curiosidad romántica ni por la compasión que sientes hacia Florinda Salvadores. De no poder subir con ella en triunfo por la divina escala, déjala en Valdecruces, que labre aquí consuelos...

—¿Y martirios?

—El hacer bien mitiga el propio dolor, le cura, le recompensa. Quien más ama, con más brío se inmola...

—Es decir: ¿que me desahucias definitivamente?

—No; te aconsejo. Escucha. Ni de este amor que yo digo, ni de ese otro que tú decías antes—impulsos, deseos y simpatías más o menos sutiles—, suelen darse aquí las flores; ya te lo he confesado. Pero de la llama sagrada, del divino soplo, tenemos un trasunto inconsciente en el amor fortísimo de las madres. Florinda no quedaría huérfana de todo goce; de este amor puede ella disfrutar con más cordura que otras mujeres, con más sazón y gracia.

—¡También con más tristeza!

—Si se resigna y se conforma, no. Toda la felicidad del mundo consiste, a mi parecer, en eso: en conformarse.

Una pausa y un suspiro detuvieron el discurso de don Miguel mientras el artista murmuraba: