—¡No has dicho poco!

Blanda y persuasivamente siguió explicando el cura:

—En estos matrimonios que, como tú dices bien, ayuntan la costumbre y la conveniencia, hay, sin embargo, un fondo de respeto y de fidelidad muy ejemplares. Es cierto que la mujer come en la cocina, sirve al marido a la mesa, le dice de vos, le teme y le desconoce; que trabaja en la mies como una sierva y le ve partir sin despecho ni disgusto. Pero en esto que ella hace y él consiente, no hay deliberada humillación por una parte ni despotismo por la otra: hay en ambas actitudes una llaneza antigua, una ruda conformidad. Aquí el alma es primitiva y simple; las costumbres se han estancado con la vida; ello es fruto del aislamiento, de la necesidad, de la pobreza: estamos aún en los tiempos medioevales.

—Pero los maragatos emigran todos; ¿cómo no toman ejemplo de los países más cultos?

—No les impulsa fuera de aquí la ambición tanto como la miseria. Los que en sus luchas lograron vencer a la ignorancia, han sabido entrar de lleno en la civilización y honrar a su país. Tenemos en América letrados, industriales, fundadores de pueblos que han hecho prevalecer su traje regional y sus familiares virtudes al través de influencias muy extrañas... Tú sabes que los afortunados son muy pocos. Y la mayoría de nuestros emigrantes sigue padeciendo la estrechez de la inteligencia en precaria vida, trabajando en vulgarísimos trajines. Ellos se consideran una casta aparte en el mundo, y tan apegados están a sus leyes morales, que no adoptan de las ajenas cosa alguna, ni buena ni mala. Son padres excelentes, ciudadanos trabajadores, económicos, fieles y pacíficos. Si no saben sonreir a su esposa ni compadecerla, tampoco saben engañarla ni pervertirla: no la tratan ni bien ni mal, porque apenas la tratan. La toman para crear una familia, la sostienen con arreglo a su posición; y la reciedumbre de estas naturalezas inalterables descarga ciegamente todo el peso de su brusquedad sobre la pasiva condición de la mujer; pero sin ensañamiento ni perfidia, con el fatal poderío del más fuerte.

—¿Lo encuentras justo?

—Lo encuentro humano.

—¿Y lo disculpas?

—No: lo compadezco. Toda fuente de ternura cegada me produce sed y tristeza.

Brillaron húmedos los ojos del sacerdote, al evocar tal vez una doliente memoria, y Rogelio preguntó, mirándole con suma curiosidad: