—¿Tu discurso me quiere convencer de que Mariflor necesite uno de esos maridos... de la Edad Media? Porque todavía no me lo has probado.

—Nada pretendo probarte; quiero que conozcas toda la posible situación de Florinda casada con ese hombre que, en el peor de los casos para ella, no la impediría vivir con desahogo y socorrer a la familia; quiero que pienses cómo puede ocurrir que la muchacha gane el corazón de su primo para remediar las desventuras de la abuela.

—¿Mediante la boda?

—O sin la boda: lo que ha de suceder no lo sabemos. Y necesito también decirte que para mí, procurador y abogado de esta pobre gente, no se trata sólo de Florinda, sino de dos madres infortunadas, de dos hijos emigrantes y tristes, de cinco criaturas más, cuyo porvenir parece cifrado en el destino de esa joven...

—Pero yo sería un cobarde si desmintiera sus esperanzas de felicidad.

—¡Y dale con la felicidad! Si Mariflor no te hubiera conocido, se consideraría feliz al hallar un esposo acaudalado y fiel.

—No sólo de pan se vive... Sería muy desgraciada en la vulgaridad y el abandono de una existencia semejante...

Parecía el sacerdote otra vez distraído en lejanas memorias, cuando murmuró con solemne acento:

—No es vulgar si solitaria una vida donde el bien se reproduce; el sacrificio es obra de alto linaje que recibe muy ocultas recompensas.

—Pero, ¿tú eres un maragato positivista o un místico delirante?