Abismado nuevamente en remotas membranzas, exclamó el cura:
—¡La mujer es un ser misterioso nacido para amar y para sufrir!
—Eso, ¿lo discurres tú?—preguntó impaciente el artista.
—Son palabras de un filósofo cristiano. Yo las he visto cumplidas en muchas ocasiones.
Posó una amarga tristeza en la rotunda afirmación. Terán, absorto, sombrío, interrogó casi huraño:
—En fin, ¿qué me pides?
—Poca cosa: que no reveles a Florinda esta confidencia; que procures no turbar sus planes; que esperes con prudente actitud, sin desanimar a la muchacha ni comprometerla.
—Y ¿crees que debo partir?
Vaciló don Miguel.