—Mi casa es siempre tuya—pronunció cordialmente—, pero sería de mal efecto que Antonio se creyera suplantado antes de negociar con su prima.

—Nadie más que tú y Olalla sabe de nuestras relaciones.

—Y todo Valdecruces. Ya te dije por qué el tío Cristóbal quería hacer patente el inevitable rumor de este amorío; hoy supe, por mi sobrina, que, valiéndose de Rosicler, otros rapaces y algunas mozas, el viejo trata de que esta misma noche os echen «el rastro».

—¿Y eso qué es?

—Una costumbre del país: cuando las zagalas sospechan de una negociación matrimonial, van de noche, callandito, a poner un reguero de paja, visible y ufano, desde la vivienda del novio a la de la novia, con ramificaciones a otras casas, indicando convites al casamiento. A la puerta de la presunta desposada tejen una especie de colchón con ramaje y rastrojos.

—El lecho nupcial—sonrió el artista encantado.

—Sí; un remedo a la vez insolente y candoroso, increíble en el enorme pudor de estas mujeres.

—Pues yo no sé si aquí la castidad sin luchas ni peligros, eternamente dormida, tendrá mucho mérito a los ojos de Dios...

—No negarás que es una virtud.

—O un signo acaso de bárbara esquivez.