—Muy bien. Dios te ayude.
Y mucho más satisfechos de lo que hubieran podido suponer durante el curso de la conversación, bajaron los dos amigos a pedir el yantar.
Una hora después, sin cuidarse del sol, rondaba Rogelio la calle de Florinda, avisado por ella de que estaría sola y podrían hablar un rato.
No tardó en aparecer sobre la sebe mazorral, entre rubos y agavanzas, la gentil cabeza de la moza. Presentóse con una de esas dulces sonrisas que nacen en los ojos y crecen en los labios, y acogió con apasionada ternura el credo fervoroso del amante. Él, con mucha suavidad, deslizó en la plática el temor de una repentina ausencia: sus asuntos amenazaban llamarle a Madrid de un momento a otro.
La súbita emoción que encendió el semblante de la joven, mostróla tan triste, tan pesarosa y estrujada por la vida, allí muda y trémula entre las zarzas del vallado, que el mozo, vivamente conmovido, le prestó mil espontáneos juramentos de constancia y fidelidad.
—Volveré pronto—decía—, cuando tú me asegures que estás dispuesta a venirte conmigo.
La miraba, gozoso de saberse profundamente amado, y sufriendo al verla tan atormentada y dolorosa, visibles ya en su cara los esfuerzos de la lucha que sostenía con el duro trabajo, apenas caído sobre los débiles hombros. ¿Qué iba a ser de ella prolongando la amarga situación? De la cruel servidumbre, ¿la había de redimir el oro del primo o el amor del poeta?
Como si la joven adivinase que aquella duda cabía en el pensamiento del amado, murmuró con furtiva esperanza:
—¡Sí; volverás pronto!