Y pudo sonreir: aún dijo alegres frases y devolvió promesas de ardorosa pasión, cauta y firme contra el primer asalto de una sorda inquietud que le empañó el terciopelo oscuro de las pupilas, igual que si la pálida sonrisa de los labios ya no pudiese volver nunca hasta los ojos donde había nacido.
Quedaron los novios en verse por la tarde en la mies. Pensaba Florinda salir a la caída del sol, cuando el agua corriera por los liños en la hanegada de la Urz, ya vencido el trabajo del riego que traía a la moza desvelada.
Despidióse Terán rendidamente, y se alejó despreocupado, con una ligereza de espíritu indefinible y extraña en aquel momento: sentíase optimista, lleno de dulces seguridades que apenas tenían raiz en su conciencia, mecido en vagas ilusiones no menos gratas por imprecisas y locas. Iba envuelto quizá, en cendales de amor, en el divino manto que cubre con infinita dulzura a quien lo recibe, y destroza las manos que lo tejen.
Así encontró a Marinela, que huía de él y que cayó en sus brazos derretida en lágrimas. Cuando la dejó partir transido de compasión, perdió de repente la serena beatitud que le envolvía y hallóse despierto a sus íntimos cuidados, pesaroso de tocar tantas tristezas, perdido en confusiones y recelos, como si la zagala enfermiza le hubiese contagiado con los zollozos todas sus inquietudes y ansiedades.
Horas enteras vagó irresoluto y febril al través de Valdecruces, acosado por la opresora sensación de hallarse prisionero. Una angustia de cárcel le martirizó en cada rúa triste y ardiente. Y el cansancio y la sed le llevaron a la entrada silenciosa de la taberna, sobre la cual un lienzo inmóvil y de dudoso color denotaba a estilo del país el tráfico de vinos.
Pidió el forastero un vaso y una silla, no sin dar grandes voces, a las que acudió un anciano. Servido con mucha parsimonia, contemplado con asombro por una vieja que llegó tras el viejo, supo allí que el tío Cristóbal Paz había fallecido de un sofoco en la mies.
—¿Trabajando?—preguntó con lástima.
—¡Quiá!; no, señor; mirando cómo andaban al riego unas mujeres.
—¿Las de Salvadores?