—Esas; ya fué allá don Miguel con el Santolio pero no le alcanzó arma ninguna; ahora están esperando a la Justicia para levantarle.

Descansó el poeta unos minutos, pagó con esplendidez el vaso de agua con vino, y buscó una salida al campo, orientándose hacia naciente. Era casi la hora de su cita con Mariflor; y el trágico acontecimiento de la tarde parecía propicio a que la presencia del galán en la mies no inspirase desconfianzas.

Ya en el libre camino aparece un poco nublado el cielo: tenues vellones grises circundan el ocaso donde el sol se inclina malherido por la noche, implacable y rojo sobre la sedienta planicie.

Cuando Rogelio rinde la finísima senda de la mies y se asoma al campo baldío donde el cauce se tiende hacia el arroyo, un espectáculo de tremenda emoción le pasma y le sacude.

Allí, donde la rotura brava del erial toca en suave cima con el borde del regatuelo, se yerguen Olalla y Ramona sobre los cárdenos fulgores de la luz poniente. El ronco retumbar de sus azadas repercute áspero y terrible, lo mismo que una cava de sepultura; avanzan y tunden las dos mujeres, solemnes y misteriosas frente al ocaso como si le estuvieran abriendo una sagrada fosa al astro moribundo; con mucha prisa, antes de que le envuelva la noche en el sudario gris de la llanura.

El cadáver del tío Cristóbal duerme en la rastrojera, a medio cubrir por un piadoso abrazo de retamas; junto a él la tía Dolores reza o llora, y vigila en una expectación delirante; y en el otro confín del horizonte una orla de nubes pálidas tiende su pesadumbre a la orilla del cielo.

La respetada hora de la siesta había pasado magnánima aquel día sobre las cavadoras de la mies de Urdiales.

Aprovechó Olalla el reglamentario reposo para satisfacer un repentino impulso de su corazón. Y destacándose valiente en el abrasado rebujal, cortó en la mustia ribera del arroyo un haz tan grande de retamas como pudo ceñirle entre sus brazos, bien abiertos, robustos y acogedores. Aún supo esmerarse con paciente solicitud, escogiendo en el retamal las flores menos tristes; quería cubrir al muerto contra las moscas y el sol, y hacerle los honores de la mies con un poco de dulzura.

Mientras hacinó la pálida genesta sobre el cadáver, las otras dos mujeres rezaban el rosario, acurrucadas en la linde del plantío. Contaba Ramona las avemarías por los dedos, murmurando al final de cada decena, a guisa de responso:—Requiescanquinpace. Dijo después la letanía de la Virgen, en el mismo bárbaro latín, y comenzó a hilvanar una serie formidable de padrenuestros por las obligaciones del difunto.

Tranquila, hierática, agotó la mujer el repertorio de las oportunas preces, con la calmosa ayuda de la vieja, cuando fué Olalla a sentarse entre las dos, murmurando: