—¿Qué hará Tirso, el heredero, con nosotras?
—Quedarse con todo; quitarnos la casa; ese hereda las codicias con los intereses—respondió la madre—. Su cara morena parecía más oscura, y su acento, siempre brusco, sonaba más enrudecido.
Callaron las tres un instante, sobrecogidas bajo la dureza de aquella afirmación.
Tirso Paz tenía fama de avaricioso; recibía el caudal paterno después de una larga vida de privaciones, despechado contra la injusta suerte del hijo pobre que tiene un padre rico; de seguro heredaba ansioso, violento, impaciente de poseer, sin lástimas que para su miseria nadie tuvo, sin treguas piadosas que su mismo padre le enseñó a negar.
Esta certidumbre tembló, fatídica, al borde de la mies, en el ardiente silencio lleno de luz, y ahogó sus ansiedades al imperioso aviso de Ramona que, consultando al sol, pronunció gravemente:
—Acabóse la sosiega.
Avanzó hacia el cauce con la azada al hombro; la anciana y la niña la imitaron y, al pasar junto al muerto, las tres hicieron reverentes la señal de la cruz. Inició Ramona otra vez la cava con un brío salvaje, como si la tierra le fuese violentamente aborrecida, como si en cada golpe de los tundentes brazos pusiera un ímpetu de odio.
Así avanzó la rotura al correr de las horas, entre una nube de polvo estéril, pálida sangre de las sequizas entrañas abiertas a la sed del centeno en furiosa persecución del regajal.
A menudo la tremenda mujer volvíase hacia la muchacha para decir sordamente:
—¡Aguanta, niña!