Y la pobre bisoña, sin aliento, empapada en sudor, seguía los pasos de su madre, ya lejos de la abuela, que se quedaba atrás alisando maquinalmente los terrones movidos, sin saber lo que hacía, como un instrumento inútil y abandonado.

Una súbita parálisis de todas sus fuerzas aplastaba a la tía Dolores en la hendedura, triste y absorta, escarbando el polvo. Sentíase impotente en el campo por primera vez en su vida. Sobre la infeliz, esclavizada a la tierra por un amor recio y sombrío, caía el dolor de la incapacidad con angustiosa certidumbre. Y cuanto más irremediable era su desventura, más sensible se alzaba en su pecho un oscuro rencor hacia aquella otra mujer, fuerte y joven que, arrebatándose en el trabajo como una furia, ordenaba soberbia:

—¡Aguanta, niña!

La esposa, inflexible para recibir al esposo pobre y enfermo, podía enorgullecerse como madre, capaz de acoger a un hijo desgraciado. Pero la mujer vieja, la inútil labradora, ya no tenía derecho ni a ser madre.

Así pensaba turbiamente la tía Dolores, recordando, para mayor pesadumbre, el peligroso albur de sus hipotecas en poder de Tirso Paz, más temible que el propio tío Cristóbal. Sin mies, sin casa y sin arrestos para el trabajo, ya no lograría recibir a Isidoro, ni valerle ni ampararle; ¡ya se había acabado todo para ella en el mundo!

Probó la triste anciana a reanimar sus bríos, aún recientes, sobre la bien amada tierra. Quiso sentirla con la fuerte pasión de otras horas, y dominarla como en días mejores. Se inclinó audaz en el fondo del cauce, con la azada entre las dos manos, como disponiéndose a desenterrar con loca angustia sus fuerzas sepultadas y, al impulso del imposible deseo, cayó de rodillas hasta dar con la frente en el polvo.

El chasquido agrio de los huesos no resonó tan fuerte como los golpes de la cava, y la vieja se alzó sin escándalo, vencida y pesarosa como nunca, a tiempo que una voz apremiaba, cada vez más distante:

—¡Aguanta, niña!

Se iba quedando la tía Dolores sola con el muerto; le miró pávida y entontecida. Sobre él languidecía la genesta, formando un bulto largo y amarillo a ras de los rastrojos, en el borde de la rota.

Sentóse cerca la mujer, con los recuerdos medio borrados y la seguridad de su impotencia convertida en lágrimas y oraciones.