Algunas veces Olalla, viendo a la abuelita en tan singular actitud, llegóse a preguntarle si le hacía daño el sol. Ella negaba con un gesto del mortecino semblante, y la moza corría miseranda al arroyo para humedecer aquellos labios mudos, preguntando:

—¿Por qué no busca la solombra? ¿Por qué no quiere descansar dello?

La abuela balbucía en vago deliquio:

—¡Aguanta, aguanta!

Y volvía a quedarse con el difunto, lejos de las cavadoras.

Comenzó a llegar gente por los senderos de la mies; algunos rapaces, prófugos de la escuela, algunas ancianas compasivas, el cura, el sacristán y el enterrador.

Don Miguel reconoció ligeramente el cadáver, habló con las testigos de la imprevista muerte, y se volvió a marchar.

Las mujerucas, sin interrumpir el trabajo de sus vecinas, repitieron con unción:—¡Biendichoso!

Fuése el sepulturero a preparar la fosa, con serena delectación, y tío Rosendín, el sacristán, devolvió respetuosamente a la parroquia los sagrados óleos que habían acompañado a don Miguel.