También los chiquillos desfilaron curiosos de ver llegar a la Justicia: impacientes por escoltarla, y por correr en las callejas del pueblo la trágica novedad.
—Hasta la noche no pueden venir los de Piedralbina—había dicho el sacerdote—. Al paso lento de Facunda es imposible que les llegue el mensaje antes de las seis.
Y toda la expectación quedó suspendida para el anunciado desfile.
Mientras tanto el cauce tocaba ya la ribera del arroyo, y Ramona mandó a su hija hacer algunos sabios cortes en el terreno de la mies, para cuando el agua corriese.
Arrastrándose entre los liños, la moza abrió con un destral leves surcos en la cabecera de la «hanegada». Y alzóse pronto, ardiendo en el calor reconcentrado de los panes, congestionada por la postura y el esfuerzo, para correr a la cumbre de la rota, obediente a la sugestión del terrible grito:
—¡Aguanta, niña!
Unos zarpazos más; un anhelo bravío de respiraciones; la suprema tensión de los músculos, el último temblor desesperado de los nervios, y las dos mujeres ven cómo el agua corre, humilde y fácil, convirtiendo la dura zanja en blando atanor de promesas bienhechoras.
Tiembla y canta el arroyo, el sol se pone, los panes beben y las heroínas de la cava, febriles y deshechas, reposan junto al muerto...
Cuando avanza Terán en el grave escenario, otra sombra le sigue. Florinda registra también la rastrojera desde el borde de un sendero. Llegan los dos al grupo singular, le miran silenciosos y escuchan cómo la abuela dice con furtiva emoción, que parece escapada de un delirio: