—¡Ya no podré recibir a Isidoro!

Se vuelve Ramona hacia aquel acento profundo, y sorprendiendo toda la amargura de la incapacitada madre, piensa de pronto en la propia vejez, ve de ella un ejemplo en la sombría inutilidad de la anciana, y llora con violentos sollozos, lívido el semblante reluciente de sudores, temblando el cuerpo, que despide un áspero olor montuno.

Florinda y su novio retroceden espantados, sin adivinar el origen de tan repentino desconsuelo: quizá piensan huir de aquel brusco drama incomprensible cuando una atracción fuerte les inclina sobre el cadáver del tío Cristóbal.

A la dormida luz del anochecer, bajo las retamas que ha movido la curiosidad, sólo enseña el viejo sus garrosas manos, con las uñas henchidas de la tierra arrebatada a los rastrojos en el arañazo supremo.


XV
EL MENSAJE DE LAS PALOMAS