HOY parte el poeta: después de medio día vendrá junto a los tapiales del huerto para despedirse de su amada.

«Volverá pronto». Esta frase se ha repetido muchas veces en pocas horas, entre enamoradas ponderaciones. Meditándola con invencible angustia, Mariflor, convertida en lavandera, encrespa ropa junto a Olalla en el caz vecino de su calle.

Muéstrase el cielo un poco aborrascado, y la temperatura, apacible, tiene el sutil frescor de la humedad.

Silenciosas trabajan las dos jóvenes, mucho más hábil Mariflor de lo que su impericia pudiese prometer. La tristeza le aploma el pensamiento; mueve las delicadas manos entre espumas como una dócil máquina insensible.

Mira Olalla las nubes pensando en la inutilidad del riego, y suspira al acordarse de la próxima siega: tampoco habrá un jornal para los segadores, ni un respiro para el descanso, ni una tregua en el bárbaro trajín, superior al esfuerzo de las pobres mujeres.

Un vendedor ambulante pasa con su mulo cargado de baratijas y pregona cansado:

—¡Tienda... tienda!

—Vende hilo, agujas, adornos y otras cosas—dice Olalla a su prima con cierto orgullo.

—Pero, ¿vende, de veras?