—¡Natural!

—Como aquí no hay quien compre...

—¿No ha de haber? Se le cambian por las mercancías, huevos, lardo, palomas, simientes... gana mucho.

En un silencio inalterable y sordo, repercute el eco del pregón:

—¡Tienda... tienda!

Al final de la calle, por la plazoleta de la fuente, cruza un maragato en alta cabalgadura, con equipaje y espolique.

—¿Tirso Paz?—interroga Olalla con zozobra.

—Parece joven. Tirso, ¿no es viejo?

—Dicen que sí: yo no le conozco.

Se quedan mudas y violentas, procurando ocultarse mutuamente las íntimas preocupaciones. Y al mediar la mañana terminan su labor.