No hay nadie en el estradín por donde las dos mozas buscan los pasillos, tornando a la casa por el corral.

Marinela, doliente, calla en su dormitorio; y cuando Florinda quiere abrir el suyo, tropieza un fardo en el suelo y ve sobre la cama ropas de hombre, unas bragas y una almilla, llenas de polvo.

—Ha venido tu primo, de repente, sin avisar—dice Ramona detrás de la muchacha—, y como ésta es la habitación de los forasteros...

Florinda parece de piedra ante aquel masculino traje maragato. Y Olalla, que también se asoma al camarín, prorrumpe azorada:

—¡Ha venido Antonio!... Era aquel viajero que vimos pasar.

Y palidece como una muerta.

—Sí; entró por la otra rúa—corrobora la madre con la voz menos agria que de costumbre.

—¿Y dónde está? pregunta al cabo Florinda, con aire estúpido.

—En cuanto se mudó de traje marchó a casa del señor cura: dice que le ha llamado él y que viene sobre lo de la boda.

—Pues voy allá, ahora mismo.