—Si no tardas...
—De un volido acabo.
La maragata rubia desaparece seguida de su madre, mientras Florinda, sin entrar en la habitación, aguarda impaciente, sufriendo el brusco asalto de contradictorias emociones. ¿Qué va a conseguir de Antonio? ¿Cómo es él, y cómo la juzgará a ella? Su suerte se decide sin duda en este día nublado y grave que pasa por Valdecruces tan sigiloso, tan descolorido...
Le parece a Mariflor que su prima tarda; se sorprende al considerar que se está componiendo como para una fiesta, sólo porque ha llegado Antonio. Y con un inevitable gesto de coquetería, ella se alisa también con las manos los cabellos, se sacude el vestido y repara los pliegues del jubón: quizá entrase al gabinete para corregir con más detalles el tocado, si una instintiva repulsión no la dejara otra vez tan meditabunda que no se fija en el atavío lujoso con que Olalla vuelve, ni en su semblante, ya compuesto y servicial.
Hasta la vivienda del párroco no cruzan las dos primas una sola frase; pero ya en la puerta de don Miguel, Olalla detiene ansiosa a Florinda, y murmura difícilmente:
—¿Qué le vas a decir?
—Que nos salve.
—Y... ¿no le quieres?
—Para marido, no.
—¡Piénsalo bien!; si le venenas las intenciones, nos dejará en la misma tribulanza.