Cuando la valiente muchacha preguntó a la puerta del despacho:—¿Se puede?...—un silencio de expectación dió margen al permiso, y la visita nueva fué acogida con el mayor asombro.
Hacía poco más de un cuarto de hora que la misma Ascensión pidió allí audiencia para Antonio Salvadores.
—Está abajo, preguntando por usted—había anunciado la muchacha a su tío.
El sacerdote, sin titubear, contestó:
—Que suba.
En tanto que Rogelio decía apresuradamente:
—Yo me voy.
Pero con una repentina inspiración le aconsejó su amigo:
—Entra en mi alcoba.