—¿A qué?... ¿a escuchar?

—A enterarte.

—¿Como en las comedias?

—Y como en la vida.

—No; no me gusta...

—Si te asaltan escrúpulos, hay un falsete; pero quizá te interese lo que oigas.

Y como ya resonaban en el pasillo los zapatones del forastero, don Miguel cerró la puerta acristalada, delante del artista, y le dejó allí, azorado, a media luz, detenido a pesar suyo por la curiosidad.

Primero oyó cómo se cruzaron los saludos de rúbrica: una voz recia y joven alternaba con la de don Miguel. Según aquella voz, el viajero no había encontrado en casa de la abuela más que a la tía Ramona, y sin tomar descanso alguno acudía impaciente a la cita con el párroco. El cual, atacado también de la impaciencia, no anduvo con rodeos para llegar al fondo de la conversación; y la primera novedad que el maragato supo, fué que su prima ya no tenía dote.

—Entonces retiro mi palabra de casamiento—dijo la voz firme, no sin barruntos de contrariedad.