Volvióse el poeta con indignación hacia los cristales: los visillos de tul dejaban entrever la salita mucho más alumbrada que la alcoba, y el enamorado pudo distinguir al hombre que fué hasta aquel instante su rival.
—Tu abuela está en ruina como sus hijos—decía don Miguel, disimulando con palabras corteses la cólera de su acento—; tiene toda la hacienda empeñada y padece una vida miserable; tus primas andan al campo como las más infelices del país, y tú eres rico, y es menester que no las abandones, por caridad y por obligación.
La temblorosa llamada de Florinda atajó en los labios de su primo un reproche violento.
—¿Obligación?—iba a clamar—. ¿Y para decirme esta me fuerzan a venir?
Entraron las jóvenes con silenciosa acogida. Olalla, en actitud muy recoleta, bajaba los ojos jugando con el floquecillo de su elegante pañuelo; Mariflor paseó por la sala un relámpago febril de sus pupilas oscuras, y viendo solos al maragato y al sacerdote, recobró un poco de serenidad.
—Esta será la hija de mi tío Martín—masculló Antonio después de saludar embarazosamente.
—Esta es—dijo el cura.
—Por muchos años...
Y se quedó el mozo sin saber cómo atormentar a su sombrero entre las manos gordinflonas.
Habíase parado Mariflor junto a su primo, espiándole en muda pesquisa, llena de esperanza y de inquietud.