Era ancho, fuerte, carilucio; tenía cortos los brazos, cándidos los ojos, tímido el porte. Vestía rumboso traje, compuesto de pespunteada camisa, chaleco rojo con flores y botonadura de plata, bragas de rosel, sayo de haldetas, atacado por sedoso cordón, botines de paño con ligas de «viva mi dueño», y churrigueresco cinto donde esplendía otro galante mote de amorosa finura; bajo las polainas, unos enormes zapatos de oreja tomaban firme posesión del suelo.
Para abreviar los enojosos preliminares de la conferencia, don Miguel, ceñudo, molesto, se apresuró a decir a la muchacha:
—Antonio ya conoce vuestra situación. Y la tuya, particularmente, le inclina, por lo visto, a no insistir en sus pretensiones de casamiento.
Al singular descanso que estas palabras ofrecieron a la moza, mezclóse, al punto, una viva impresión de repugnancia. ¿Qué iba a pedir al mezquino corazón de aquel hombre? ¿Cómo sería posible conmoverle, ni con qué dignidad intentarlo en aquel instante?
El estupor y la vergüenza no la hicieron bajar los ojos: se los clavó a su primo honda y calladamente, hasta hacerle sudar y retroceder: nadie le había mirado así.
Viéndole tan confuso y torpe, sacrificó ella un fácil desquite, diciendo, con toda la dulzura de su voz y toda la generosidad de su espíritu:
—No te hemos llamado para tratar de bodas, sino para pedirte que remedies a la abuela hasta que mi padre logre remediarla. Hace tres meses que vine aquí sin sospechar lo que ocurría, y trato con don Miguel, nuestro protector, de salvar la hacienda, que se está perdiendo por ignorancia y timidez... No se atrevió la pobre vieja a confiarse a ti, que eres rico y dadivoso...
Subrayó Florinda este prudente discurso con una leve sonrisa irónica, dulce mohín con el cual perdonaba desde luego el áspero desdén de su pariente.
—¿No respondes?—añadió con asombro ante el silencio del maragato.
Y como aún callase, sudoroso, deshilando las borlas del sombrero, avanzó la niña y le puso las dos manos en los hombros suavemente, con familiar llaneza.