—¡Vamos, primo! Tú eres un hombre educado, un caballero, y no puedes consentir que la abuela, por faltarle un apoyo, se quede en mitad de la calle, tan viejecilla, tan triste... ¿No la has visto? Se ha vuelto un poco chocha con los años y las lágrimas y los dolores... Si tú no la proteges, se quedará sin tierras y sin yuntas, sin huerto y sin casa. Todo se lo debe a Tirso Paz, por un puñado del dinero que a ti te sobra.
—¡Diablo de chiquilla!—musitó el cura.
Olalla rompió a llorar con grandes hipos, y en la alcoba parecía que alguien se revolviese.
Pero Antonio, inmóvil, petrificado bajo los finos dedos de Mariflor, no resollaba. Nunca tuvo cerca de la suya una cara tan hermosa; jamás una voz parecida sonó tan suave y angelical en aquel oído de comerciante; ni el mozo suponía que en el mundo existiesen criaturas con tanta labia, tanto atractivo y tamaño corazón.
—¿No respondes?—insistió ella, intentando zarandearle con blando movimiento.
No consiguió moverle; creyó inútil su generosa hazaña, y los lindos brazos, afanosos, cayeron sobre el delantal en desfallecida actitud.
Como si sólo entonces fuese el muchacho dueño de su albedrío, levantó sus claras pupilas con arrobamiento hacia los ojos que le acechaban.
Los halló impenetrables, sumergidos en solemnes tinieblas, y volvió a bajar los suyos con invencible respeto. En tanto, Mariflor leyó en la repentina mirada tal propósito, que retrocedió convulsa hasta apoyarse en un escabel.
—Pues, hablaremos del asunto aquí el párroco y yo—dijo de repente Antonio con cierto brío.
Olalla cesó de llorar y Florinda no supo qué decir; sentía congelada su elocuencia, y no se hubiese atrevido a tender de nuevo los brazos, persuasiva y deprecante.