Nadie se había sentado. Don Miguel, perplejo, irresoluto, liaba un cigarrillo para Antonio, paseando entre la mesa y el balcón, sin atreverse a hablar por miedo a arrepentirse. Iba cayendo en la cuenta de que lo hubiera echado todo a perder si Florinda no le acude con el dominio de su voluntad y el «ángel» de su persona. Mas ¿no iban ya demasiado lejos las influencias de la muchacha?

El cura lo temía, viéndola tan ansiosa y escuchando las amigables razones del primo.

Se desgarraron doce campanadas en un viejo reloj mural y casi al mismo tiempo vibró en el aire el agudo tañido de la esquila, volteada en la parroquia.

Don Miguel comenzó a rezar «las oraciones»; un murmullo piadoso zumbó en el aposento; parecía que unas alas invisibles agitasen brisas de paz sobre las inclinadas frentes. Cuando se alzaron ungidas por la señal de la cruz, los ojos benignos del sacerdote se posaron en Mariflor con misericordia. Ella inició una desconcertada sonrisa que pudo ser de aliento o de quebranto, y don Miguel se resolvió a decir:

—Bueno, pues Antonio y yo trataremos con calma de vuestros intereses.

—¡Eso!—aseveró con energía el aludido.

—Vosotras—añadió el cura—avisaréis en casa que el viajero come hoy aquí.

Unas fugaces excusas del invitado, una leve porfía de Olalla para que les acompañase, y las mozas partieron con la promesa de que Antonio iría más tarde a visitar a la abuelita.

Por el camino, la maragata rubia dice muy alegre:

—De ese lado abesedo sopla mucho el aire; va a llover.