Y la fresca brisa del Norte que les azota el rostro, le parece a Mariflor que corre triste, con amargura de lágrimas. Se detiene la moza a escuchar aquel sordo gemido, inquietante para ella como un augurio, y Olalla se admira.
—¿Qué oyes?...—pregunta—. Es el pregón del quincallero.
Entre los silbos del aire tormentoso, una voz repite con errabunda melancolía:
—¡Tienda..., tienda!...
Supo Antonio Salvadores que don Miguel tenía en casa un amigo forastero, el cual aquella misma tarde regresaba a Madrid. Y, de acuerdo con el cura, consintió el maragato en aplazar toda gestión para después de la anunciada partida.
El huésped hizo las presentaciones entre sus comensales con mucha delicadeza; pero la hora de comer transcurrió silenciosa, bajo la respectiva preocupación de cada uno, acentuada en Antonio por su gran cortedad y su recelo al trato con gente de pluma, novelistas a caza de tipos y de observaciones que, a lo mejor, sacan en los papeles a los pacíficos ciudadanos.
Miraba el comerciante de reojo al poeta, sin perder el apetito ni acertar a decir una palabra. Y el poeta sorprendía con poco disimulo la ordinariez de aquellos dedos glotones y de aquella boca bezuda, reluciente de grasa, con tendencia a sonreir y a tragar en golosa premeditación.
—¡Un hombre semejante despreciaba a Florinda!
Esta idea, produciendo sublevaciones bizarras en el ánimo de Terán, ponía, sin embargo, a sus ojos una sombra de humillación sobre las excelencias de su novia.