Mansamente, contra todos los impulsos de la voluntad, un cierto desencanto se adentraba, furtivo, en el pecho del vate, y galopaba, rebelde, por tierras de la fantasía, a la vanguardia de los sentimientos más nobles. Al desaparecer las dificultades en torno de aquel cariño, en las ambiciones de Terán enfriábase el astro del deseo: ¡humano tributo a la vasta inquietud de la imaginación, que en los poetas suele tener un dominio incurable!
Como si una racha de viento borrase de repente en las nubes la colosal figura de un águila, dejándola convertida en mariposa, así la imagen de Mariflor venía a quedar en la mente de Rogelio al nivel de otra zagala, sin ventura y sin novio; el brutal desdén del maragato desvanecía las fantásticas nubes.
Acababa el poeta de despedirse de la niña, asaltado por la turbia impresión de todas aquellas novedades.
Mostróse cautivo y devoto como siempre, y renovó sus promesas y afirmaciones con las mismas palabras de otros días; pero en la alta emoción de aquel instante, solamente los labios de la moza guardaron a los profundos sentimientos una santa fidelidad.
—Ahora sí que volverás pronto—dijo la muchacha, tratando de sonreir—. Ya soy libre como el aire. Mi primo no me quiere porque no tengo dote, y ya no depende de mi boda el bienestar de la familia; ¿te lo ha contado don Miguel?
Ocultaba, modesta, la intención de aquella singular mirada sorprendida en Antonio. Y sintió el caballero enrojecer su frente al acordarse de la grosería con que fué rechazada su novia.
—Algo me ha dicho—balbució, añadiendo en la acerbidad de su encono—. Tú no debías dirigir la palabra a ese hombre; eres demasiado humilde.
—¡Si él ayuda a la abuela!...
—Aunque la ayude.