Dulcificó al punto sus frases y su acento mientras callaba la niña con todo el dolor reconcentrado en los ojos.
Rogelio tenía prisa; le aguardaban para comer y debía salir muy temprano de Valdecruces a tomar en Astorga el tren de las cinco. Buscaría el camino más corto por la carretera, huyendo del erial.
También a Mariflor la esperaban en la cocina delante de la olla, entre coloquios y comentarios.
—Te escribiré muchas cartas—prometió el poeta, cada vez más compasivo.
—¿Y versos?...
—¡Muchos!
Sonrió él con deleite, alucinado por la repentina ambición de entonar canciones pastoriles a la bella musa de los zarzales, allí amorosa en medio del escaramujo y de las urces.
Los últimos adioses se cruzaron fervientes; una emoción de arte prevalecía sobre todos los peligros de la inconstancia. Florinda acompañó a su novio a lo largo de la rúa con una mirada de ingenua adoración.
En la explanada de la fuente el recuerdo de Marinela Salvadores detuvo al caminante. El candor del agua y los matices verdes y azulinos del suave manantial, le trajeron con ternura a la memoria la imagen de la niña, sus ojos zarcos y volubles y aquel saludo lírico que tanto la asustó a la llegada del forastero; ¿qué había sido de ella? Lo preguntaría antes de marchar, arrepentido de haber olvidado en absoluto a la triste zagala que una tarde le dejó sobre el pecho la limosna de su llanto misterioso.