Todas las impresiones de aquellos quince días extraños, remansaban de pronto seductoras en la conciencia del artista, como recordación de un sueño peregrino que le obligase a sonreir.
Junto a la parroquia levantó los ojos a la torre, y el lecho vetusto de la cigüeña le dejó extático una vez más. Ya crotoraban audazmente los hijuelos bajo las alas regias de la madre, mientras el macho, solícito como nunca, limpiaba de reptiles la mies y nutría la prole en incesantes revuelos alrededor del nido.
El silencio de la calzada, la cobardía de la luz y el semblante rústico del cuadro, sumergieron a Terán en artísticas divagaciones. Y se abandonó a gustarlas con el íntimo gozo de saber que las iba a sustituir por otras nuevas. Puso en sus pensamientos, como romántica aureola, un incitante sabor de despedida, la dulce lástima de un abandono que no punza, la perfidia sutil de quien siente por cada placer desflorado vivas ansias de placeres en flor...
De toda aquella despiadada dulzura, sólo queda ahora enfrente de Antonio Salvadores un movimiento de disgusto hacia el zafio mercader que despertó al prócer caminante embelesado en el más lindo sueño de su vida. Quiere el soñador compadecerse a sí mismo, como si Antonio le hubiese causado un grave mal obligándole a partir; y no analiza la miseria de aquel secreto goce con que parte, ni la llama oscura de egoísmos que arde en su corazón desde que Florinda se le aparece libre. Ni siquiera se le ocurre pensar que su viaje ya no es urgente, ni quizá oportuno; el corazón y la lógica no dicen al novio y al caballero que la felicidad y el amor le debían detener...
Se habla en la mesa de que llegó por la mañana, procedente de León, el heredero del tío Cristóbal Paz. Rogelio calla y apenas come, nervioso y susceptible, mientras el maragato devora. Don Miguel observa a su amigo con alguna confusión, y el Chosco avisa que ya está preparado el mulo con el equipaje.
Las despedidas son breves, porque el viajero no sabe disimular su impaciencia; y el enterrador, que oficia de espolique, toma el camino con la cabalgadura, delante de Terán, a quien acompaña un rato el sacerdote.
Ya en mitad de la calle, se vuelve el mozo como si algo se le olvidara. Ascensión, que aún le despide desde la puerta, averigua complaciente:
—Qué, ¿dejó alguna cosa?
—A Marinela Salvadores, ¿qué le ocurre?... No la he visto...
—Dicen que adolece de medrosía.