—¡Pobre!
—Ya le contaré que preguntó por ella.
—Gracias.
—Condiós; buen viaje.
—¡Adiós!...
Una tirantez extraña enmudece a los dos amigos en los primeros pasos, camino de la libertadora carretera.
No habían tenido tiempo de cambiar impresiones desde la llegada del maragato, y don Miguel mostrábase receloso de la singular actitud del vate. Éste rompe el silencio con alguna vacilación:
—¿Has visto qué rufián?—alude, sacudiendo la tierra con un mimbre espoleador que agita entre los dedos.
—Ya tienes libre a la paloma—responde el cura, sin declarar que le inspiran desconfianza las apariencias de Antonio.