Rogelio, evasivo, empeñándose en tener que estar muy enojado, adopta un aire de víctima:
—Si, sí; pero es insufrible someterse a regateos y tapujos con un tipo semejante.
—Tú ahora nada arriesgas con la caridad de Florinda, independiente ya de vuestro amor y de vuestros propósitos.
—Pues, sin embargo, me duelen estas luchas tan mezquinas y pueriles en que se apasionan corazones grandes, cuando hay fuera de aquí una vida fuerte y ancha donde luchar y vencer.
—¿Vencer?—murmuró el cura incrédulo—. ¡Ay, amigo!, a cualquier cosa le llamáis en el mundo éxito y logro... La pobre humanidad es en todas partes la misma; nació propensa a la ambición y al delirio. Mas para soñar es menester vivir, y para vivir... ¡es preciso comer! Todas las redenciones espirituales tienen, por culpa de nuestra humana condición, sus raíces en lo material. Yo me afano porque mis feligreses coman, a fin de que puedan soñar con algo firme y duradero; si Mariflor me ayuda esta vez, ¡bendita sea!
Bajó el poeta la frente un poco avergonzado y taciturno, sobrecogido por el recuerdo de aquella impetuosa caridad escondida de pronto, y que dos semanas antes le inflamó con su divina lumbre al través de la llanura.
—¡Bravo luchador, que puedes vivir escarbando la tierra y soñando con el cielo!—exclamó en un arranque de involuntaria admiración.
—Cumplo mi destino—respondió sencillamente el cura.
Y ambos permanecieron mudos contemplando el paisaje, siempre raso y pobre, extendido entre besasanas y calveros, surcado por imperceptibles rutas hacia la pálida cinta de una carretera que iba a perderse en el horizonte: era el mismo que Florinda entrevió una tarde de abril, llegando a Valdecruces enamorada y triste.
—Hay que aguantar, señor, si no quiere que se le escape el tren—advirtió el Chosco.