—Sí; nos despediremos—dijo Terán—. A ti también te esperan.
Y el sacerdote preguntó con un leve acento de ironía:
—¿Volverás pronto?
Aquella frase, tan acariciada en las últimas horas, sacudió la conciencia del viajero.
—¿Qué duda cabe?... En cuanto me aviséis—aseguró cordial.
Un fuerte abrazo; promesa de noticias; votos de cariño y gratitud, y el poeta montó en el mulo, que se alejó con paso rutinero y firme.
Varias veces volvió el joven la cabeza hacia su amigo y le halló siempre inmóvil, con los brazos cruzados sobre el pecho en pensativa y extática actitud. La negrura del hábito sacerdotal emergía fuerte y rara sobre la yerta amarillez de los añojales.
—¿Pérfido?—se preguntaba el apóstol con infinita pesadumbre—. No; un iluso, un equivocado—respondióse, poniendo el dedo en la llaga—. Los poetas suelen ser como los niños: volubles y crueles... Juegan con las emociones sin miedo a destrozar un corazón, sea el propio, sea el ajeno, por pura curiosidad, y, a veces, con el mejor propósito del mundo... Acaso los poetas, entre todos los hombres, merecen más, por su condición infantil, las compasivas palabras: «¡Perdónalos, Señor, que no saben lo que hacen!»...
Bajo la sugestión de esta noble figura sacerdotal, majestuosa y triste sobre el adusto llano, caminaba Rogelio, distraído en meditaciones de todo punto ajenas a su amor.