—¿Y el secreto de este hombre—se decía—, ese remoto y «blanco» secreto que yo adivino y que se me escapa tal vez para siempre?... Y este pueblo extraño, insondable, ¿de dónde procede al fin? ¿Es de origen oriental? ¿bereber? ¿libio ibérico? ¿nórdico?... Sufre los oscuros ensueños de los celtas; tiene la bravura torva de los moriscos y la fría seriedad de los bretones... Quizá le fundaron los primeros mudéjares; quizá...

El cobijo blanco del pastor dió una cándida nota al paisaje, y el mental discurso quedó roto en la linde de la carretera, donde el viajero dió el último vistazo a Valdecruces.

Todavía la silueta del sacerdote, negra y perenne, ponía un punto en la llanura gris. El caserío se columbraba apenas, confundiendo su pálido color con los difusos tonos de caminos y celajes.

Poco después, a los ojos perseguidores del artista, el punto negro y la línea pálida fueron aplastándose contra la tierra hasta quedar borrados, confundidos, hechos cenizas del erial y rastrojo miserable del «aramio».

Un bando de palomas voló apacible encima del poeta. El cual tuvo un instante de súbita emoción. Una corazonada le inclinó ferviente en su cabalgadura, con el jipi en la mano y en los labios un beso, que en mensaje confió a las avecillas; algo se rompía dulce y noble en aquel pecho varonil picado de morbosas inquietudes; algo que circulaba por las venas del mozo como un derrame de ternura y de lástima.

La sensación fué tan vehemente, que tomó al punto proporciones de remordimiento. Por primera vez aquel día tumultuoso para la conciencia de Terán, preguntóse, con repugnancia de su misma pregunta, si le sería posible haber pensado en abandonar a Florinda.

—¿Pensarlo?... ¿«Consertir» en pensarlo?—musitó sonriente—¡Jamás! Volveré a buscarla rendido y fiel.

Y por debajo de este gentil propósito, el débil sentimiento urdía una irremediable traición.

Durante la silenciosa comida de aquella mañana, tuvo Mariflor singular empeño en ir y venir al dormitorio de Marinela para llevarle pan tostado y leche, agua con azúcar, palabras y caricias llenas de solicitud.

A cada instante la enamorada triste fingía escuchar su nombre para levantarse y preguntar: