—¿Me llamabas?... ¿Qué quieres?
Con esta maniobra, a la cual se prestaba la preocupación de los demás, pudo dejar entera en el plato su ración y al fin sentarse junto al lecho de su prima que, a medio vestir, con el busto levantado sobre las almohadas y el semblante doloroso, se consumía en extraña enfermedad.
Hasta el oscuro rincón de la paciente habían volado poco antes rumores de extraordinaria magnitud; la llegada del primo Antonio y la partida del forastero—como en Valdecruces llamaban al poeta—resonaron profundamente en la alcoba.
Allí encontraba Mariflor hondos y vibrantes los ecos de su angustia, como si un secreto instinto la dijese que su pesar hallaba en aquel aposento otro corazón donde repercutir, resignado y humilde.
Denso vaho de fiebre trascendía de la cama, y la oscuridad, aposentándose en los rincones, sólo permitía un tenue dibujo a los perfiles de las cosas. Mariflor buscó las manos de la enferma, que trasudaba con el aliento hediondo y el pecho agitado.
—¿Estás peor?—le dijo.
—Mucho peor.
—¿De veras?
—¿No lo ves?
La interrogación desconsoladora le sonó a Florinda como un reproche.