—No; no lo veo—repuso, inclinándose ansiosa sobre aquel gemido; sólo descubrió la amarilla figura de una cara y la inquietante sombra de unos ojos. Transida de piedad, exploró el recuerdo de los últimos días, desde que Marinela llegó a casa, llorosa y medio delirante, contando la muerte del tío Cristóbal. Como entonces entrecortaba su relación balbuciendo convulsa:—No puedo, no puedo—así, a las instancias que le hacían para comer y dormir, respondió muchas veces con igual pesaroso deliquio:

—No puedo; no puedo...

La costumbre de verla padecer y dejarla soñar, abandonó a la zagala enfebrecida y sola en el escondite de su cuarto.

Desfilaron las mujeres por allí, cada una con la prisa de sus faenas y el agobio de sus preocupaciones, y la dijeron:

—¿Quieres algo?

—Agua—contestó siempre.

Olalla, por la noche, al acostarse con la enferma, padecía un instante de inquietud.

—Tiés tafo nel respiro—observaba—y estás calenturosa.

Pero la rendía el sueño, y a la mañana, el trabajo, envolviéndola en su rudo vasallaje, la empujaba fuera del hogar para suplir a la Chosca en el acarreo de la leña y en el cuidado de la cuadra.