La tía Dolores descendía a la decrepitud vertiginosamente, como si alguien la empujase desde la cumbre de la voluntad y del esfuerzo.
Y Ramona bregaba enfurecida en la mies, sachando entre las pujantes umbelas, solicitada allí por la blandura que el riego puso en el sembrado. Si posaba un minuto en la alcoba de su hija, era para fruncir más el ceño y vaticinar cosas terribles a propósito del maleficio de la tía Gertrudis.
No era milagro que desde el hoyo de su cama la enferma recibiese a Mariflor como un rayo de luz. Durante aquellos tres días de exacerbado padecer, varias veces una voz suplicante dijo en la alcoba:
—¡Ven acá!... ¡Quédate un poco junto a mí!...
Y otra voz, apresurada, inquieta, respondía:
—Ya voy... Más tarde... Luego iré...
Florinda, en la congoja de sus pesadumbres y temores, no había tenido tiempo de acudir al llamado quejumbroso.
Y Marinela aguardaba consumiéndose de recónditos afanes, con la obsesión de que en su prima moraba, en espíritu enamorado, el caballero de los ojos azules.
Cuando los de ambas muchachas se buscaron en el espejo de las pupilas, la oscuridad no dijo más que zozobras, temblores y preguntas.
—¿Qué te duele?—quería Mariflor saber.