—Nada; me atormentan el miedo y el secaño.
—¿Y a qué tienes miedo?
—A morirme... y a otras cosas.
—Pues vas a vivir, a ponerte buena y a profesar clarisa.
—No, no.
—¿Ya no quieres?
—Querer... sí—pronunció la zagala con alguna indecisión—; pero no tengo dote.
—¡Le buscamos!
—¿Tú?