—Entre todas.

—¡Si te casaras con el primo, que es tan pudiente!

—Eso es imposible.

—Entonces... con el otro—indagó la niña arrebatada de impaciencia.

—¡Dios sabe!... O con ninguno. Pero de todas suertes, buscaremos el dote, si eso te hace feliz.

Grande confusión produjo el pensamiento de la felicidad, impreciso y extraño, cual una sombra nueva, bajo la penumbra que las emociones condensaban en aquel espíritu infantil, alma fina y dócil llena de miedo y de sed como la carne febril que la envolvía.

Entre las muchas perplejidades de su imaginación, sólo un deseo definido apreciaba la enferma: el de tener a Florinda al lado suyo y sentir el contacto de aquella juventud delicada y hermosa, en la cual parecían posibles todos los prodigios de las ilusiones. Escuchando la voz de su prima, viendo su cara, sentía Marinela aclararse sus nebulosos ensueños, como si un rayo de sol les diese forma y rumbo: para la inocente ambiciosa, Florinda era la humana realidad de todos los presentimientos inefables; algo así como un trasunto glorioso de cuantas quimeras y rebeliones se fraguaban en aquel corazón de niña, desbocado y herido.

—¡No te vayas!—suplicó ella mimosa.

—¡Si me voy a estar contigo toda la tarde!—prometía Mariflor clemente.

—¿Ya «te despediste?»—insinuó entonces Marinela, vibrante de curiosidad.