Comenzó Florinda a repetir los versos con argentino son, como si el cristal de su alma resonase al través del recitado. Y escuchaba la paciente niña empapando su espíritu en las olas del afanoso cantar, con tan fuerte embriaguez, que le pareció sentir en la carne el escalofrío de violentas espumas.

—Basta, basta—gimió—¡me duele!

—¿Cuál?

—El romance... el pensamiento...

—Duerme un poco; no te conviene hablar tanto—aconsejó Mariflor, alarmada por la apariencia del delirio.

Pero la niña preguntó de pronto con mucha serenidad:

—Y tú, ¿dónde vas a dormir esta noche?

—¡Ah, no sé!

—¿Con la abuela?

Turbóse la moza: una repugnancia invencible la hizo exclamar: